THOMAS HOBBES

¿QUIÉN FUE?
Thomas Hobbes (1588-1679) fue un filósofo inglés conocido principalmente por su obra Leviatán (1651).
Su principal aporte filosófico fue la teoría del contrato social, según la cual las personas renuncian voluntariamente a parte de su libertad individual para formar una sociedad organizada bajo un soberano que garantiza la paz y la seguridad. Este soberano, que podía ser un monarca o una asamblea, debía tener poder absoluto para evitar el caos y el conflicto. Hobbes justificaba esta autoridad central como un mal necesario para preservar el orden, basándose en su visión pesimista de la na.
La influencia de Hobbes se extiende más allá de la filosofía política, impactando disciplinas como la sociología, la ética y el derecho. Aunque sus ideas han sido criticadas por su autoritarismo, su enfoque racional y sistemático sobre la política sigue siendo un pilar del pensamiento moderno, y su énfasis en el contrato social influyó en filósofos posteriores como John Locke y Jean-Jacques Rosseau.
SOBRE SUS CONSIDERACIONES PRINCIPALES DEL PODER


Las relaciones internacionales desde la teoría hobbesiana
Por: Daniel Felipe Garay Moreno

En el contexto de los conflictos internacionales contemporáneos, las ideas de Hobbes sobre el poder, las leyes de la naturaleza y el derecho natural son especialmente útiles para analizar cómo los Estados actúan en el sistema global. Según Hobbes, los individuos en el estado de naturaleza buscan maximizar su poder, ya sea natural (como recursos o fuerza militar) o instrumental (alianzas o herramientas diplomáticas). En la arena internacional, los Estados se comportan de manera similar: buscan asegurar su supervivencia y consolidar su influencia. Ejemplos como el ascenso de China y su desafío al poder de Estados Unidos demuestran esta dinámica competitiva, donde cada nación intenta sobresalir en un juego de suma cero.
Hobbes también señala que el valor de un individuo es relativo y depende del juicio de otros. En el caso de los Estados, este valor se traduce en su capacidad para influir en decisiones globales, ya sea a través de organismos como la ONU o mediante tratados internacionales. Sin embargo, las tensiones entre las grandes potencias y los países en desarrollo reflejan una desigualdad inherente en este "mercado del poder", donde los estados más débiles tienen menos opciones para negociar su posición y están sujetos al juicio de las potencias dominantes.
Respecto a las leyes de la naturaleza, Hobbes propone que los individuos deben buscar la paz, pero también estar dispuestos a renunciar a ciertos derechos para garantizarla. En el sistema internacional, esta idea se manifiesta en acuerdos como los tratados de desarme nuclear o los pactos climáticos, donde los Estados deben limitar sus ambiciones en beneficio colectivo. Sin embargo, la realidad demuestra que los Estados no están dispuestos a cumplir plenamente con esta segunda ley. La retirada unilateral de acuerdos internacionales por parte de potencias como Estados Unidos o las constantes violaciones de derechos territoriales, como ocurre en Ucrania por parte de Rusia, evidencian que los intereses particulares de los Estados a menudo prevalecen sobre el bien común.
Desde la perspectiva teórica que plantea Hobbes, la ausencia de un Leviatán global, un poder soberano que garantiza la paz y la estabilidad en el sistema internacional, perpetúa el estado de naturaleza hobbesiano, donde los Estados desconfían unos de otros y operan bajo una lógica de competencia y autopreservación. Organismos como la ONU intentan desempeñar ese rol, pero su capacidad limitada para imponer decisiones vinculantes y la constante interferencia de las grandes potencias limitan su eficacia. Mientras no exista un poder supranacional con autoridad real, el equilibrio global seguirá siendo frágil, y las dinámicas de conflicto, como las guerras económicas o los enfrentamientos armados, seguirán definiendo las relaciones internacionales.
En este sentido, adoptar una postura crítica implica reconocer que las teorías de Hobbes no solo explican esta realidad, sino que también cuestionan la legitimidad de un sistema internacional que, en su esencia, prioriza el poder sobre la cooperación. Si bien se habla constantemente de la búsqueda de paz, el comportamiento de los estados demuestra que las acciones están más alineadas con la defensa de sus derechos naturales que con el cumplimiento de las leyes de la naturaleza. Esto evidencia una hipocresía estructural en el sistema global que necesita ser replantada si realmente se desea una paz duradera.
Sin embargo, desde una perspectiva decolonial, se cuestiona profundamente la legitimidad de esta visión hobbesiana. Si bien Hobbes describe el estado de la naturaleza como una condición de desconfianza y conflicto, esta interpretación es vista como una construcción histórica y eurocéntrica que ignora otras formas de organización política y social basadas en la cooperación y la reciprocidad, especialmente presentes en las culturas y comunidades no occidentales.
La lógica hobbesiana de maximizar el poder y asegurar la supervivencia ha servido históricamente para justificar actos de dominación y explotación, como el colonialismo. Bajo esta lógica, las potencias coloniales europeas buscaron recursos naturales e instrumentalizaron a los pueblos colonizados para fortalecer su posición en el sistema internacional. Esto no fue simplemente una expresión de un estado de naturaleza universal, sino una imposición violenta de un paradigma occidental que subordinaba otras epistemologías y formas de vida. La construcción de un sistema internacional basado en estas dinámicas perpetúa una jerarquía global donde las potencias dominantes mantienen su posición a costa de las naciones del Sur Global.
Además, las instituciones internacionales actuales, que podrían actuar como un Leviatán global , en realidad refuerzan estas estructuras desiguales. La ONU, el FMI y el Banco Mundial, entre otros, han sido diseñados para operar dentro de una lógica de poder que beneficia a los estados más fuertes y reproduce la marginación de los países menos desarrollados. Desde el decolonialismo, estas instituciones no son agentes de paz o justicia, sino mecanismos modernos de control y dependencia que perpetúan las relaciones coloniales bajo nuevos disfraces.

La búsqueda de la paz en términos hobbesianos, al igual que su segunda ley de la naturaleza que propone renunciar a ciertos derechos, se ve desde esta perspectiva como un proceso profundamente desigual. Los países del Sur Global han sido históricamente obligados a ceder recursos, soberanía y derechos culturales para integrarse en un sistema internacional que los excluye y explota. Esto no representa un contrato justo, sino una relación de dominación que perpetúa las desigualdades estructurales del pasado colonial.Desde el decolonialismo, se propone una antítesis a esta visión hobbesiana. La paz no debe ser simplemente la ausencia de guerra ni la perpetuación de un orden internacional desigual, sino un proceso de descolonización que implica la redistribución de recursos, el reconocimiento de epistemologías no occidentales y la reparación de las injusticias históricas. En lugar de una lógica de competencia y desconfianza, la cooperación y el reconocimiento de la pluralidad cultural y política deben ser los principios rectores de un nuevo sistema internacional.
En este sentido, mientras la perspectiva hobbesiana explica el funcionamiento actual de las relaciones internacionales, desde el decolonialismo se denuncia su carácter excluyente e injusto, señalando que este sistema no es inevitable ni natural, sino una construcción histórica que debe ser transformada. La crítica decolonial invita a imaginar un mundo donde la lógica del poder sea reemplazada por la del respeto mutuo y la justicia global, desafiando las narrativas dominantes que han moldeado las relaciones internacionales desde una visión eurocéntrica.



